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miércoles, 30 de diciembre de 2009

En memoria del FIN DE AÑO.

57 finales de año dan de sí para múltiples recuerdos.
Y entre ellos todos los que transité con un especial grupo de mis amigos.
Empezamos las Cenas de Final de Año, Manolo, Maite su mujer y yo. Nos habíamos conocido en la Academia de Manolo, donde yo daba clases de filosofía, arte e historia de bachillerato para mantenerme mientras estudiaba en la Universidad.
Algún año vino Josi, profesora también en la Academia, y compañeros los cuatro del inolvidable viaje a Egipto y de mi ascensión a la cima de la Pirámide de Keops.
De ese viaje, de hará casi cuarenta años, es ese “libro de hojas blancas” que he colocado entre mi y la pantalla del ordenador.
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Pocas cosas a pluma Montblanc llegaron a escribirse en él, escasas reflexiones de un voluntarioso cuaderno de viaje, y múltiples anotaciones de gastos de unos y otros, con la mejor intención de al llegar a Barcelona hacer una liquidación igualitaria. El esplendor y la intensidad de aquel viaje no dejaron tiempo a más acotaciones., pero cada Final de Año, ese libro blanco y aquel viaje estimulaban la más entrañable verbalización de amistad.
Josi dejó de venir, entre otras cosas cuando empezó a convivir con Albert.
Y a la cena se unieron Joan y su mujer Eva. Joan era amigo mío desde la Facultad de Filosofía y ellos se conocieron con Manolo y Maite en Turquía, al oírse mutuamente hablar en catalán. El que me conocieran fue el punto de confluencia de esa primera conversación que derivó en duradera amistad.
Las noches de fin de año éramos siempre los cinco y algunas fuimos seis. Vinieron conmigo Mariona, Rosa, Ana, creo recordar que Enriqueta, Julia y Maria José. A veces éramos cinco o seis.
Y fuimos ocho, con Josep María y Marta que era amiga íntima de Eva. Y resultó que Josep María y yo habíamos estado juntos, durante cinco años, internos en Valldemia, los Maristas de Mataró.
A veces, circunstancialmente y para algún año concreto fuimos más, pero siempre éramos los siete: Manolo y Maite, Joan y Eva, Josep María y Marta y yo.
Y, por dos o quizás tres años, junto con mi mujer Mari fuimos ocho.
Fueron más de veinte noches de Fin de Año las que pasamos juntos.
Navidad era para la familia. Fin de Año era para los amigos.
Todos ellos habían ido teniendo hijos, yo con Mari empecé a tenerlos y ella prefirió que las noches de Fin de Año fueran en familia, ellos no eran sus amigos.
Y desde el año de la Expo de Lisboa no voy a la Cena de Fin de Año.
A esa cena tampoco pudo ir Joan Hosta.
Era final de agosto, acababa de abrir la puerta de mi casa, de regreso con Mari y nuestros hijos, de un viaje de vacaciones a Andalucía y la Expo de Lisboa, cuando me sonó el teléfono.
Era Manolo que me decía que Joan hacia unos días se había sentido súbitamente indispuesto, con un fuerte dolor en la espalda y que acababa de morir.
Sin decir todavía nada en casa, encaré a oscuras la puerta que acababa de cerrar, saqué la cámara de fotografiar que todavía llevaba colgada al cinto, extendí el brazo y me la encaré para fotografiar mi petrificación.
Vestía de negro, con un polo negro sobre el que había bordado en oro un diseño inspirado en un “Trencadis” de Gaudí.
Todo quedaba roto, aunque ellos cinco, los que quedaban, mantuvieron dolorosamente la Cena de Fin de Año, y la siguieron en años sucesivos.
Pero hoy ni se como ha evolucionado, ni que queda ya de aquella.
Mañana, si todo llega bien, disfrutaré la Cena de Fin de Año con Mari y nuestros hijos, y con el recuerdo entre las manos de mi libro de hojas blancas, abierto por todas aquellas páginas que me hablan del Viaje a Egipto.
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Nota de presente.
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Será mi 57 Cena de Fin de Año.
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