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jueves, 10 de diciembre de 2009

¿Me ha pasado el tiempo?

Al transcribir mi texto, para el catálogo de la exposición de Manolo Gómez en la Galería LLeonart, en enero de 1974, creo que estoy cogiendo la enredadera por uno de los nudos significativos de aquella época. Este texto abre muchas evocaciones y temas que tendré que desarrollar.
Esta exposición fue mi primera aportación destacada como galerista y “marchand” de arte y dio pie a mi primer texto de crítica artística relevante, hecho desde la proximidad.
Todo ello respondía a un trabajo comprometido e ilusionado que apostaba por dar toda la proyección posible a la obra de los artistas en los que uno creía.
La trayectoria de los artistas que apoyaba era también la mía.
Por eso se que tendré que hablar y mucho de entusiasmos y desafecciones.
Releyendo este texto he recordado personas y vivencias, cuadros y objetos que han compartido mi tiempo y espacio, horas apasionadas de ilusión, esfuerzo y trabajo.
Y veo en todo ello una generosa ingenuidad juvenil muy loable.
Pero, como toda lectura o relectura viene interesada por el momento presente del lector, he aquí que me he encontrado en el texto, con muchas cosas que me vienen muy al caso.
¿Qué será menos nefasto?, reflexionar, elaborar, analizar, o simplemente enumerar y yuxtaponer acontecimientos.
Cuando quiero interrogar, analizar y dar sentido a la obra de Manolo, él me dice: “Déjame callar y seguir pintando y mírame”. ¡Qué coincidentes son mi necesidad de explicarme de aquel y este momento!
Dije de Manolo que tenía, y digo ahora de mi mismo, que tengo que hablar sobre lo concreto, sobre esta realidad de objetos concretos que envuelven la vida del hombre, la vida en la que el hombre está sumergido.
Decía: “Manolo pinta cosas viejas, porque así son las cosas que nos rodean, porque solo viejas son expresivas, ya que en ellas ha intervenido la acción de las personas y la de los otros objetos con los que han convivido. Una cosa nueva está carente de personalidad, no informa sobre como la realidad ha pasado por ella a través del tiempo, sobre como la realidad la ha maleado. Manolo nos presenta los objetos al final del combate. Su afán de presentar las cosas tal como son, le lleva a presentarlas viejas. Me dice explícitamente: _ Si pinto un zapato nuevo es muy difícil que la gente pueda saber qué es lo que quiero decir _ Pienso en aquellos hambrientos zapatos que Van Gogh coloca sobre su silla …”.
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Vincent Van Gogh. Zapatos viejos. 1986. Manolo Gómez. Hornillo y zapatillas. 1973.
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Y digo, si no enseño mis arrugas será muy difícil que la gente y yo mismo podamos ver cómo “me ha pasado el tiempo”.
Si, estoy enterrado junto a mis putrefactos objetos personales, como el faraón en su pirámide, abrazado a su calor y quejoso por haber perdido algunos de los más queridos y lleno de “horror vacui”, pero se que cuando alcance el Oriente debo llegar y estar vacío.
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VAN GOGH. La silla de Vincent con pipa. 1888. GÓMEZ. La silla de Manolo con radio. 1973.
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M.O.V.- memoria tiene que ser y será la trayectoria de un proyecto optimista: buscar el desapego para alcanzar la plenitud del vacío. Y los instantes del camino no son ni serán de felicidad, infortunio, placer o ira, sino sedimentados pasos basados en la perseverancia y el aplomo gélido.
No quiero malbaratarme con una hipermnesia, quiero vivir reconfortado en una memoria liviana. Estoy dispuesto a perderlo todo pero antes quiero despedirme.
Sí, haré memoria, falsa y cierta memoria como soporte arqueológico del más esperanzador futuro.
"Hay una antigua historia acerca de como la catedral de Chartres fue destruida por el rayo y quemada hasta en sus cimientos. Entonces, miles de personas, vinieron de todos los puntos del alrededor, como una gigante procesión de hormigas y juntos empezaron a reconstruir la catedral en su antiguo emplazamiento. Trabajaron hasta que la reconstrucción estuvo completamente terminada _ maestros de obras, artistas, peones, patanes, nobles, sacerdotes, ciudadanos _. Pero todos ellos permanecieron en el anonimato y nadie conoce hasta la fecha quién construyó la catedral de Chartres".
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Nota de pasado, presente y futuro.
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CATEDRAL DE CHARTRES. Siempre temporal y eterna.
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El Laberinto de la Catedral de Chartres
otorga serenidad y equilibrio a las emociones y la mente.
Es un laberinto pero no desasosiega.
El círculo nos coloca en la unidad, en la totalidad.
La espiral nos conduce en la transformación y el crecimiento.
Su circuito de once vueltas y una sola vía nos lleva siempre hacia el centro, sin caminos falsos ni riesgo de perderse y nos retorna hacia la salida.
El camino hacia adentro facilita la limpieza y aquietamiento de la mente.
El espacio central es un lugar de meditación y contemplación para permanecer receptivos a las bendiciones del silencio.
El camino hacia fuera conduce a la integración de la creatividad en el mundo.
Si lo recorremos con la mente y el corazón abiertos, su mandala se convierte en un espejo que responde a las preguntas acerca de quiénes somos y dónde estamos en nuestra vida.
Y si compartimos la peregrinación con otros exploradores de la conciencia, nuestra existencia individual se ilumina con el sabor de lo universal y eterno.
¿Quién soy?
Un modesto constructor de catedrales.
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